quinta-feira, 21 de abril de 2016


Amoris laetitia:


Muitas afirmações que necessitam de ser clarificadas


P. Antonio Livi

Na realidade, a única diferença entre ontem e hoje que pode ser importante para a pastoral é que muitos fiéis têm uma consciência enevoada pela ignorância religiosa e os vícios, e por isso já não se apercebem do pecado como infracção voluntária das normas morais.


P. Antonio Livi, Profesor emérito
de Filosofia del conocimiento
en la Universidad Lateranense de Roma

Un documento como la Exhortación apostólica Post-sinodal Amoris laetitia, por su longitud y por el momento particular de la historia de la Iglesia en que se redactó y promulgó, requiere un comentario como nunca responsable y prudente, que hago aquí, haciendo uso de mi experiencia específica en la hermenéutica teológica y mi larga experiencia de la dirección espiritual de sacerdotes, religiosos y laicos.

1.Para hacer comprender mejor lo que tengo que decir, debo poner como premisa que los actos del Romano Pontífice tienen un valor y un alcance diferente, dependiendo del material con el que tratan y la forma elegida para dirigirse al pueblo cristiano. Los actos del Romano Pontífice (registrados como tales en AAS) pueden ser:

1) verdaderas y propias enseñanzas sobre la fe y la moral de la Iglesia Católica, en cuyo caso el Papa se limita a interpretar con autoridad los dogmas ya formulados por el Magisterio anterior (magisterio ordinario universal), a menos que, hablando ex cathedra, establezca nuevos dogmas (caso que en la historia sólo se ha verificado poquísimas veces);

2) nuevas normas disciplinarias en relación con los sacramentos, la liturgia, las funciones eclesiásticas, etc., (normas que se convierten en parte del corpus del derecho canónico, que en la actualidad se resume en el Código de Derecho Canónico para la Iglesia latina y otro para la Iglesia Oriental);

3) directrices y criterios para praxis pastoral que no cambian sustancialmente lo que ya está establecido en los principios de la enseñanza dogmática y moral, ni agregan o quitan nada de lo prescrito en las leyes vigentes de la Iglesia.

Sobre la base de esta distinción fundamental, son distintos los deberes de conciencia de un católico, en el sentido de que:

1) las enseñanzas del Papa, cuando tiene la intención de confirmar o desarrollar las verdades de la fe católica, ha de ser recibido por todos los fieles con obsequio externo e interno de la mente y el corazón; de manera similar,

2) las órdenes y disposiciones disciplinarias del Papa deben respetarse y aplicarse sin demora por todos aquellos a los que esas órdenes están dirigidas, en la medida en que a cada uno le compete directamente; por el contrario,

3) aquellas que son meras directrices para la pastoral deben ser aceptadas por todos los interesados, empezando por los obispos, como criterios a tener presentes en el ejercicio de su oficio pastoral de gobierno y de catequesis; en tanto que criterios, se convierten en parte de todo un conjunto de principios de orden dogmático, moral y disciplinar que ya está habitualmente presente a la conciencia de los pastores en el momento de tomar responsablemente una decisión sobre situaciones generales de su diócesis o sobre algún caso concreto.

Ahora bien, la Exhortación Apostólica post-sinodal, sea por el tipo de documento, sea por los temas que en ella se tratan, es sin duda un acto pontificio del tercer tipo de los que enumeré antes. En efecto, como toda una clase de documentos pontificios, esta exhortación no es y no quiere ser un acto de magisterio con el que se enseñen doctrinas nuevas, proporcionando fieles nuevas interpretaciones autorizadas del dogma.

Se trata más bien de un conjunto de orientaciones pastorales, dirigido principalmente a los obispos y sus colaboradores del clero y del laicado, en orden a que la doctrina sobre el amor humano y el matrimonio – que es confirmada explícitamente en cada uno de sus puntos – sea mejor aplicada a los casos individuales concretos con prudencia, con caridad y con deseo de evitar divisiones dentro de la comunidad eclesial. Estas son las intenciones del Papa, tal como resultan del tipo de documento que estoy comentando.

Por supuesto, como todo fiel cristiano, yo, que soy también sacerdote, tengo el deber de aceptar sin reservas estas orientaciones pastorales, bien dispuesto a tenerlas en cuenta cuando se presente la oportunidad de ayudar a los fieles en dificultad a acercarse bien preparados al sacramento de la Penitencia o para aconsejar convenientemente a los que se encontrasen en la condición de «divorciados vueltos a casar». Pero también tengo el deber de interpretar estas indicaciones a la luz del dogma, la moral y el derecho canónico vigente, dado que el documento papal no puede y no tiene intención de derogar todo lo que la Iglesia ha establecido ya en la materia. Y cuando la interpretación se presenta difícil, debido a la complejidad y la ambigüedad de muchas páginas del documento papal, tengo el deber de referirme a la regla de oro de la hermenéutica teológica: «In necessariis, unitas; in dubiis, libertas; in omnibus, caritas».

2. Siempre he sido y siempre seré, con la gracia de Dios, un hijo fiel de la Iglesia, que no es, como algunos dicen, «la Iglesia de Bergoglio,» sino que es la Iglesia de todos los tiempos, la Iglesia de Cristo. Por Cristo he venerado a muchos papas, desde Pío XI a Benedicto XVI y a Francisco. Respecto de las indicaciones contenidas en Amoris laetitia, no me es lícito dudar que las intenciones pastorales del Papa son todas santas y todas en beneficio del bien común de la Iglesia de Cristo. Tampoco puedo dudar de que las directrices prácticas sugeridas por él son en sí mismas aptas para proveer el mayor bien posible de los fieles de todo el mundo católico.

Queda sin embargo el hecho es que la lectura del documento deja a muchos perplejos en cuanto a la efectiva clarificación de los puntos puestos en discusión en la iglesia hace algunos años, tanto por parte de muchos teólogos de amplia notoriedad internacional (por ejemplo, el cardenal Walter Kasper) como por una restringida pero muy vocal minoría de padres sinodales durante las dos sesiones del Sínodo sobre la familia.

El debate al interior de los trabajos del Sínodo fue precedido y seguido por un amplísimo debate en los medios de comunicación, tanto católicos como seculares. Y la opinión pública ha percibido como real la existencia de dos facciones contrapuestas, una obstinada en mantener los «formalismos abstractos» del pasado y otra decidida a reformar la Iglesia, con esta última que ahora va proclamando en todo el mundo católico su propia «victoria final», como si el documento pontificio hubiese realmente realizado la «revolución» de que ha hablado Kasper, o las «aperturas» de que ha hablado el director de la Civiltà Cattolica, el padre jesuita Antonio Spadaro, en una entrevista con Radio Vaticana.

El efecto de esta imagen – demasiado humano, y en última instancia ideológica – de los debates habidos al interior del Sínodo es la confusión y desorientación de la opinión pública con respecto a las grandes cuestiones de doctrina católica sobre la sexualidad humana, el matrimonio y la familia. Quien tiene sensibilidad realmente pastoral no puede dejar de desear, en una situación de este tipo, una intervención papal autorizada de aclaración, un discurso accesible a todos, expresado en términos precisos y definitivos: y en su lugar, el documento del Papa Francesco, por como ha sido recibido por los fieles (incluso por las interpretaciones instrumentales de entornos hostiles a la fe católica) ha incrementado por desgracia, el desconcierto en medio del pueblo de Dios.

En efecto, el Papa, al tiempo que afirma que no hay ningún cambio en la doctrina, cuando habla de los cambios que considera necesarios en la praxis de las diócesis y conferencias episcopales induce a creer que pretende para la «pastoral» una actividad anárquica del clero que, una vez abandonada la «doctrina» en el ático, asume como «regla pastoral» las opiniones «seculares» que prevalecen en su entorno social. Al hacerlo el Papa Bergoglio parece lanzar una severa censura de las posiciones «conservadoras» para justificar sin reservas las posiciones «reformistas». No valdrían nada las protestas del cardenal Müller y muchos otros autorizados prelados en contra de la tesis de una práctica separada de la doctrina, ya formulada por muchos teólogos y algunos padres sinodales; recordar, por ejemplo, las sentidas palabras de cardenal africano Sarah, que había recordado que la idea de fomentar una práctica pastoral que podría evolucionar en función de las modas y las pasiones mundanas es «una forma de herejía, una peligrosa patología esquizofrénica '( ver La Stampa 24 de febrero de 2015)´.

Por supuesto, no hay nada en el texto escrito puede justificar esta interpretación, pero la minuciosidad del texto, el abuso de las metáforas y la ambigüedad de las afirmaciones de principio (a veces en contradicción flagrante entre sí) dejan abierta la posibilidad de cualquier interpretación malévola, incluso por parte de quien no tiene ningún título para interpretar al Papa, pero se aprovecha del hecho de que el Papa no ha querido – por razones que sin duda serán buenas y santas – ser claro y preciso, utilizando un lenguaje que pudiese evitar toda instrumentalización.

Esto tiene que ver sobre todo con la evaluación »caso por caso« de la situación eclesial de los fieles que han faltado a la fidelidad conyugal, han recurrido al divorcio civil y han constituido una convivencia adúltera; son esas parejas que son llamadas erróneamente »divorciados y vueltos a casar«, con un lenguaje que no es teológico, porque en la Iglesia Católica hay un único matrimonio reconocido como válido, el sacramental, que por su naturaleza es indisoluble y por lo tanto no admite divorcio ni permite ninguna nueva forma de unión conyugal, por más que sea reconocida por la autoridad civil.

El Papa dice que nada cambia en la situación canónica de estas personas, pues el asunto ha sido previamente examinado y juzgado por el Papa Juan Pablo II tras el Sínodo de los Obispos sobre la Familia que se celebró a principios de los años ochenta (cf. Exhortación Apostólica Familiaris consortio, 22 de Noviembre 1981.). Pero la nueva praxis que Francisco recomienda adoptar en el »acompañamiento pastoral« y en el »fuero interno« está formulada con expresiones tan equívocas que permite a los malintencionados celebrar la gran victoria de los reformistas, que pedían al Papa que introdujese en la praxis eclesial una especie de »divorcio católico«, que permita la aprobación por parte del obispo del nuevo matrimonio, así como el acceso a la comunión de los fieles »en situación irregular«.

En realidad el Papa no habló en absoluto de la posibilidad de »bendecir« las nuevas nupcias, y menos aún habla directamente de un »derecho a la Eucaristía«: se limita a aconsejar la readmisión de estos fieles como padrinos a algunas ceremonias religiosas (bautismos, confirmaciones, bodas), e invita a considerar la posibilidad de permitir que asuman tareas en las parroquias o que enseñen religión en las escuelas. Sin embargo, los argumentos en apoyo de estos criterios de »inclusión eclesial« son por desgracia muy confusos y pueden también entenderse – ciertamente en contra de las verdaderas intenciones del Papa – como un cambio radical en la enseñanza moral católica sobre el pecado grave (llamado »mortal« en tanto que implica la pérdida de la gracia santificante y el peligro de la condenación eterna, que la Escritura llama »la muerte segunda«) y sobre su imputabilidad subjetiva, especialmente en relación con las condiciones para el perdón sacramental con la Confesión.

3. Para documentar cuanto he dicho, aporto ahora algunas expresiones de Amoris Laetitia que resultan, si no formalmente erróneas, al menos penosamente confusas. Cada cita será seguida por una breve postilla de la clarificación doctrinal.

El estado de pecado mortal. - »Por esto ya no es posible decir que todos los que están en una situación llamada «irregular» viven en un estado de pecado mortal, privados de la gracia santificante. Los límites no sólo dependen de un posible desconocimiento de la norma. Un sujeto, sabiendo bien la norma, puede tener gran dificultad para comprender «los valores inherentes a la norma moral», se puede encontrar en condiciones concretas que no le permiten actuar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa. Como bien han expresado los Padres sinodales, «puede haber factores que limitan la capacidad de decisión» «(Amoris laetitia, § 301).

Evidentemente, en cuanto a »pecado mortal« no tiene sentido hablar de calificaciones morales que »hoy« son diferentes de las de »ayer«: la dialéctica historicista que es tan agradable a los teólogos escuchados por el Papa Francisco (como Walter Kasper) está totalmente fuera lugar en un documento pontificio que da consejos sobre cómo intervenir pastoralmente en una situación que desde el punto de vista moral ha sido definitivamente calificada como un pecado grave (adulterio) ya por el mismo Señor, cuyas palabras han sido la norma próxima de evaluación por parte del magisterio eclesiástico de todos los tiempos (no de »ayer«), con un carácter de definitividad que no permite un «hoy» reformista.

Y en cuanto a los »límites» subjetivos (la ignorancia, debilidad, dependencia de pasiones o condicionamiento social) que pueden hacer que sea menos imputable en un sujeto determinado el acto del pecado, siempre se han tenido muy en cuenta por los buenos confesores, pero no para un cohonestar una situación que se prolonga en el tiempo y que parece no tener solución, precisamente porque el pecado se ha ido repitiendo obstinadamente a pesar de las incesantes llamadas de la gracia divina a la conversión y a la reparación de los daños causados ​​al cónyuge y a la Iglesia. La buena dirección espiritual por parte de buenos confesores siempre se ha comprometido a suscitar en el alma del cristiano que hasta entonces nunca quiso cambiar su vida los recursos para «resistir hasta la sangre en la lucha contra el pecado», que es lo que a todos pide el Evangelio (cf. Carta a los Hebreos).

Pecado «material» y pecado «formal». - «A partir del reconocimiento del peso de las limitaciones concretas, podemos añadir que la conciencia de las personas debe ser mejor involucrada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan de manera objetiva nuestra concepción del matrimonio. Por supuesto, debemos favorecer la maduración de una conciencia iluminada, capacitada y acompañada por el discernimiento responsable y serio del Pastor, y proponer una siempre mayor confianza en la gracia. Pero esta conciencia puede reconocer no sólo que tal situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio; también puede reconocer con sinceridad y honestidad lo que por el momento es la generosa respuesta que puede ofrecer a Dios, y descubrir con una cierta certeza moral que éste es el don que Dios está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo. En todo caso, recordamos que este discernimiento es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal más plenamente» (nn. 302-303).

He señalado, en el texto papal, el adjetivo «nuestro» referido a la «concepción del matrimonio» de la Iglesia Católica: ¿por qué atribuirlo a un absurdo «nosotros», como si el sujeto de esta concepción fuese algún líder de opinión de los muchos que surgen en nuestra sociedad y no la Iglesia que conserva e interpreta infaliblemente el Evangelio de Cristo? Desde luego, no era el lenguaje, por ejemplo, de San Juan Pablo II, quien en sus catequesis sobre el amor humano insistió en la presentación de la moral católica como la expresión puntual y fiel de la intención del amor de Dios creador, que la Iglesia , custodio de la revelación de Jesucristo, se limita a expresar en fórmulas dogmáticas, de las que derivan tanto los «preceptos» como los «consejos», sin inventar nada y sin imponer nada que no sea realmente el «plan de Dios».

El juicio de la Iglesia sobre la imputabilidad subjetiva de los actos contrarios a la ley de Dios –. «Es mezquino limitarse a considerar sólo si el obrar de una persona responde o no a una ley o una norma general, porque esto no es suficiente para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano »(n. 304).

Aquí el discurso es aún más ambiguo, porque confunde deliberadamente la evaluación «externa» de la situación moral de los fieles con el conocimiento de su situación «interna» delante de Dios: la condición de la conciencia de un individuo escapa al ojo humano, también al del director espiritual o confesor, y la autoridad de la Iglesia no está llamada a hacer juicios sobre la conciencia («de internis neque Ecclesia iudicat»).

Por lo que la evaluación externa, por lo que es evidente a los ojos de los hombres, es más que suficiente para dar un juicio meramente prudencial que no pretende ser absoluto y definitivo, pero mira al deber de la autoridad eclesiástica de reconocer como justos los comportamientos externos conformes a la ley moral y castigar a los injustos (un caso típico de pena eclesiástica, además de la excomunión para los delitos más graves, es precisamente negar el acceso a la comunión a los que públicamente viven en estado de adulterio sin intención de remediarlo). No puede sino generar aún más confusión entre los fieles el hecho de que un Papa hable de la ley moral – ya codificada por la Iglesia hace siglos en dogmas y disposiciones canónicas – como de algo «abstracto» que no se puede aplicar a situaciones «concretas». Peor aún, habla de «situaciones concretas» que hoy serían diferentes de las de ayer, por lo que sería legítimo hacer hoy lo contrario de lo que ha prescrito el magisterio solemne y ordinario de la Iglesia hasta ayer.

En realidad, la única diferencia entre ayer y hoy que puede ser importante para la pastoral es que muchos fieles tienen una conciencia obnubilada por la ignorancia religiosa y los vicios, y por ello no perciben más el pecado como infracción voluntaria de las normas morales, o bien no consiguen aplicar correctamente la regla moral (natural y evangélica) a su situación personal. Pero si el Papa quisiese realmente secundar con la nueva práctica de «caso por caso» la insensibilidad de los hombres de nuestro tiempo respecto del «plan de amor de Dios», entonces tendrían razón los que han visto su Exhortación como una rendición total del Magisterio a la opinión pública, a la secularización, a la teología progresista que exalta el subjetivismo (esa que afirma que toda persona actúa de buena fe, y que la Iglesia debe confirmarla en su presunción infundada de estar en gracia!).





segunda-feira, 18 de abril de 2016


UDPs sempre, sempre, ao lado do povo...


Heduíno Gomes

Na votação para prosseguir o processo de destituição da ladroagem brasileira de que Dilma é a cara, verifiquei que os deputados do PC do B (Partido Comunista do Brasil) a apoiaram.

Ora aí está! Os amiguinhos da UDP e dos trotsquistas albaneses ao lado do gamanço! Tudo boa gente!






domingo, 17 de abril de 2016


Amoris Laetitia: «Uma saudável autocrítica»


P. Giovanni Scalese, filósofo e teólogo

O documento convida-nos a ser humildes e realistas e a fazer uma «sã autocrítica» (n.º 36): creio que esta atitude deve orientar-se não só à Igreja do passado e à sua prática pastoral, mas também, para ser autêntica, deve estender-se a 360° e portanto também à Igreja de hoje. Gostaria de formular algumas perguntas, não com espírito polémico, mas como um simples convite à reflexão.

1. ¿Es correcto volver sobre los temas que ya habían sido abordados en tiempos relativamente recientes (el Sínodo anterior sobre la familia data de 1980), sin que la situación haya cambiado radicalmente?

Es cierto que en estos treinta y cinco años ha habido no pocas novedades, que no habían sido afrontadas entonces (por ej. la fecundación in vitro, la teoría de género, la maternidad subrogada, uniones homosexuales, la adopción de hijastros, etc.); pero también es cierto que estas cuestiones no han sido objeto de los últimos Sínodos y son tocadas sólo parcialmente y de paso en la exhortación apostólica AL. La atención parecía dirigida exclusivamente sobre una cuestión que ya había sido ampliamente debatida y definida: el acceso a los sacramentos de divorciados vueltos a casar civilmente. La cuestión había sido resuelta autorizadamente en la exhortación apostólica Familiaris consortio (n. 84); su enseñanza fue retomada por el Catecismo de la Iglesia Católica (n.1650) y reiterada en la Carta de la Congregación para la Doctrina de la fe del 14 de septiembre de 1994 y la declaración del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos de 24 de junio de 2000. Soy perfectamente consciente de que Amoris Laetitia escapa a la lógica doctrinal y legal, para colocarse sobre un plano exquisitamente pastoral; pero me pregunto: ¿es correcto poner ahora en entredicho una enseñanza prácticamente definitiva?

2. ¿Es correcto el procedimiento seguido para abordar este tema?

Primero, el Consistorio extraordinario en febrero de 2014; a continuación, la Asamblea extraordinaria del Sínodo de los obispos en octubre de ese mismo año; posteriormente, la emisión de dos motu proprio sobre las causas de nulidad matrimonial en agosto de 2015; a continuación, la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los obispos en octubre siguiente; finalmente la exhortación apostólica postsinodal recién publicada. Hasta ahora, nadie había visto un procedimiento similar: ¿no era suficiente un único Sínodo, debidamente preparado? ¿Era realmente necesario este «martilleo» durante dos años? ¿Con qué fin? Todo ello, sin hablar de las anomalías registradas a lo largo del camino: el secreto de la relación con el Consistorio y del debate del Sínodo; el informe post disceptationem del Sínodo de 2014, que no reflejaba el resultado del debate; el informe final del Sínodo mismo, que se hizo eco de temas que no habían sido aprobados por los Padres; la carta reservada de los trece cardenales en principio del Sínodo 2015, denunciado públicamente como «conspiración», etc.: ¿son cosas normales?

3. ¿Es correcto insinuar determinadas soluciones pastorales que no habían sido acogidas por los Padres sinodales (y por lo tanto no podrían ser incorporados en el texto de la exhortación), en las notas del documento?

¿Es correcto poner en discusión, en un documento magisterial, la enseñanza de un documento precedente, con la siguiente fórmula: «muchos... destacan..» (Nota 329)*? ¿«Muchos» quiénes? ¿«Destacan» con qué capacidad? Además, ¿qué tipo de membresía requiere la nota 351**, que admite una posibilidad en abierto contraste con la enseñanza y la práctica ininterrumpida de la Iglesia, basándose en argumentos que ya habían sido considerados y juzgados insuficientes para justificar una excepción a esa enseñanza y práctica (véase la Carta de la Congregación para la Doctrina de la fe de 14 de septiembre de 1994, en particular, el n. 5: «esta práctica [de no admitir a la Eucaristía a los divorciados y vueltos a casar], presentada [por la Familiaris consortio] como vinculante, no puede ser cambiada en base a diversas situaciones»)?

4. ¿No debería tenerse cuidado, cuando se publica un documento, de lo que llegará a los fieles?

En Evangelii gaudium se abordaba, con razón, el problema de la comunicación del mensaje evangélico (n. 41); en Amoris Laetitia exhorta a «evitar el grave riesgo de mensajes erróneos» (n. 300). ¿El hecho de que en los días sucesivos a la publicación de la exhortación hayan sido publicados comentarios contrastantes entre sí, no debería hacer reflexionar sobre ello? ¿No será que el lenguaje utilizado no es suficientemente claro? ¿Es posible que sobre el mismo documento haya quienes dicen que nada va a cambiar y otros que lo consideran revolucionario? Si una declaración es clara, no debería dar lugar a dos interpretaciones opuestas. ¿La confusión no debería ser una alarma? En Amoris laetitia no se ignora el problema: «Entiendo a aquellos que prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusiones» (n. 308), pero luego, con Evangelii gaudium (n.45), se responde que es preferible una iglesia que «no renuncia al bien posible, aunque corra peligro de ensuciarse con el barro de la calle». Es tentador pensar que la confusión sea buscada intencionalmente, porque en ella se buscaría a Dios y actuaría el Espíritu. Personalmente prefiero creer, con San Pablo, que «Dios no es un Dios de desorden sino de paz» (1 Corintios 14:33).

5. ¿Es posible que a medida que los años pasan, las exhortaciones apostólicas postsinodales sean cada vez más minuciosas?

¿Es posible que no se llegue a sintetizar en unas pocas proposiciones los resultados de las discusiones de los padres sinodales? La concisión generalmente se lleva bien con la eficacia y el impacto: cuando se extiende más de lo necesario para transmitir un determinado mensaje, la mayoría de las veces significa que las ideas no son muy claras. Sin mencionar que, por hacer los documentos excesivamente largos, se corre también el riesgo de desalentar incluso a los más dispuestos a emprender la lectura, y les obliga a conformarse con los resúmenes, generalmente parciales y sesgados, que hacen los medios de comunicación.

6. ¿Es realmente necesario que los documentos pontificios se conviertan en tratados de psicología, pedagogía, teología moral, pastoral, espiritualidad? ¿Es ésta es la tarea del Magisterio de la iglesia?

Antes de afirmar que «no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben resolverse con intervenciones magisteriales» (n. 3) luego, de hecho, se pronuncia en cada aspecto y se cae incluso en aquella «casuística insoportable», que, en pocas palabras, se dice que desaprueban (n. 304). El magisterio tiene la tarea de interpretar la palabra de Dios (Dei Verbum, 10; Catecismo de la iglesia católica, nº 85), definir las verdades de la fe, custodiar e interpretar la ley moral, no sólo evangélica sino también natural (Humanae vitae, n.4). El resto – la explicación, profundización, aplicaciones prácticas, etc., siempre se ha dejado a teólogos, a los confesores, a los maestros de espíritu, a la conciencia bien formada de los fieles. Una exhortación apostólica, dirigida a todos los fieles, no puede, en mi opinión, convertirse en un manual para confessores.

7. ¿Es correcto insistir sobre la abstracción de la doctrina (nn. 22; 36; 59; 201; 312), en contraste con el discernimiento y el acompañamiento pastoral, como si no hubiese posibilidad de convivencia entre las dos realidades?

Que la doctrina sea abstracta, no tiene caso subrayarlo: lo es por naturaleza; como la praxis es praxis. Pero eso no significa que en la vida humana no tenga necesidad la una de la otra: la praxis siempre se deriva de una teoría (basta pensar que en Amoris laetitia se repite dos veces, n. 3 y 261, un principio filosófico – y por lo tanto abstracto – que ya había sido enunciado en Evangelii gaudium en nn. 222-225: «el tiempo es mayor que el espacio»). Por eso es importante que la praxis, para ser buena («ortopraxis»), esté inspirada en una doctrina verdadera (ortodoxia); de lo contrario, una doctrina errónea generaría inevitablemente una mala praxis. Despreciar la doctrina no sirve de nada, sólo sirve para privar a la praxis de su fundamento, de la luz que debería guiarla. ¿No se advierte, por otra parte, que el hablar de la praxis no se identifica con la propia praxis, sino que es sólo una teoría de la praxis misma? Y la teoría de la praxis sigue siendo una teoría, tan abstracta como la doctrina a la cual se quiere contraponer la práxis.

8. ¿Describir la Iglesia del pasado como una Iglesia exclusivamente interesada en la pureza de la doctrina e indiferente a los problemas reales de la gente, no es una caricatura que no corresponde de ninguna manera a la realidad histórica?

¿Llegar al punto de utilizar ciertas expresiones (n. 49: «en lugar de ofrecer el poder sanador de la gracia y la luz del Evangelio, algunos quieren adoctrinar el Evangelio; transformarlo en piedras muertas para lanzar a los demás; n. 305: «un pastor no puede sentirse satisfecho sólo por aplicar las leyes morales a los que viven en situaciones irregulares, como si fueran piedras que lanzan contra la vida de las personas. Este es el caso de los corazones cerrados, que a menudo se esconden incluso detrás de las enseñanzas de la iglesia «para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas») es no sólo ofensivo, sino falso y mezquino hacia lo que la iglesia ha hecho y sigue haciendo, incluso entre muchas contradicciones e infidelidades, para la salvación de las almas. En la Iglesia el discernimiento y acompañamiento pastoral (quizás llamado con diferentes nombres y sin hacer demasiadas teorizaciones) siempre estuvieron ahí; sólo que hasta ahora cada uno hacía su oficio: el magisterio enseñaba la doctrina, los teólogos la profundizaban, los confesores y directores espirituales la aplicaban a los casos individuales. Hoy, sin embargo, parece que nadie puede distinguir la especificidad de su propio rol.

9. ¿Transformar las exigencias de la vida cristiana en «ideales» (n. 34; 36; 38; 119; 157; 230; 292; 298; 303; 307; 308) no significa – por lo menos en este caso –, transformar el cristianismo en algo abstracto, peor aún, en una filosofía o incluso una ideología?

¿No significa quizá olvidar que la palabra de Dios es viva y eficaz (Heb 4:12), que la verdad revelada es una «verdad que salva» (Dei Verbum, 7; Gaudium et Spes, n. 28), que el Evangelio «es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree» (Rm 1:16), que «Dios no manda lo imposible; pero cuando manda, advierte hacer lo que se puede y pedir lo que no se puede, y le ayuda para que pueda hacerlo»  (Concilio de Trento, Decreto sobre la justificación, c. 11; Cf..S. Agustín, De natura et gratia, 43, 50)?

10. ¿Estamos seguros de que la «conversión pastoral» (Evangelii gaudium, n. 25), que se reclama a la iglesia hoy en día, sea un bien para ella?

Me da la impresión que detrás de esta conversión hay un malentendido básico, ya presente en el momento de la proclamación del Concilio Vaticano II y que llega hasta el día de hoy: pensar que hoy ya no es necesario que la iglesia tenga cuidado de la doctrina, siendo ésta lo suficientemente clara, conocida y aceptada por todos, y que debemos estar preocupados solamente por la práctica pastoral. Pero ¿estamos seguros de que la doctrina es tan clara, que no requiere más estudio y que se defienda de las interpretaciones erróneas? ¿Estamos realmente seguros de que todo el mundo, hoy en día, conoce bien la doctrina cristiana?

No basta responder a estas preguntas diciendo que existe para ello el Catecismo de la iglesia católica: primero, porque no hay que descontar que todos lo conocen; en segundo lugar, porque incluso si se conoce, no necesariamente es compartida su doctrina. Si bien es cierto que «la misericordia no excluye la justicia y la verdad, debemos decir que la misericordia es la plenitud de la justicia y manifestación más luminosa de la verdad de Dios» (Amoris laetitia, n. 311), es igualmente cierto que «no disminuir en absoluto la enseñanza salvadora de Cristo constituye una forma eminente de caridad hacia las almas» (Humanae vitae, Nº 29; cf. Familiaris consortio, Nº 33; Reconciliatio et paenitentia, # 34; Veritatis splendor, 95). Y el servicio que el magisterio tiene que ofrecer a la iglesia es, ante todo, el servicio de la verdad (Catecismo de la iglesia católica, Nº 890); precisamente enseñando la verdad que salva, el Magisterio asume una actitud pastoral y misericordiosa por las almas. Sólo cuando el Magisterio haya cumplido su tarea principal, los agentes de pastoral, a su vez, podrán formar la conciencia, hacer discernimiento y acompañar a las almas en su camino de vida cristiana.


(*) Nota 329: Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 84: AAS 74 (1982), 186. En estas situaciones, muchos, conociendo y aceptando la posibilidad de convivir «como hermanos» que la Iglesia les ofrece, destacan que si faltan algunas expresiones de intimidad «puede poner en peligro no raras veces el bien de la fidelidad y el bien de la prole» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 51).

(**) Nota 351: En ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos. Por eso, «a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor»: Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 44: AAS 105 (2013), 1038. Igualmente destaco que la Eucaristía «no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles» (ibíd, 47: 1039)




sábado, 16 de abril de 2016

sexta-feira, 15 de abril de 2016


Exortação pós-sinodal Amoris laetitia:

primeiras reflexões sobre

um documento catastrófico


Roberto de Mattei, Corrispondenza Romana, 10 de Abril de 2016

Com a exortação apostólica pós-sinodal Amoris laetitia, publicada em 8 de Abril, o Papa Francisco pronunciou-se oficialmente sobre problemas de moral conjugal, em discussão há dois anos.

No Consistório de 20 e 21 de Fevereiro de 2014, Francisco havia confiado ao cardeal Kasper a tarefa de introduzir o debate sobre esta questão. A tese do cardeal Kasper, de que a Igreja deve mudar a sua prática pastoral nas questões matrimoniais, foi o leitmotiv dos dois sínodos sobre a família de 2014 e 2015, e constitui hoje a pedra angular da exortação do Papa Francisco.

No decurso desses dois anos, ilustres cardeais, bispos, teólogos e filósofos intervieram no debate, a fim de mostrar que deve existir uma íntima coerência entre a doutrina e a práxis pastoral da Igreja. Pois, de facto, a pastoral baseia-se na doutrina dogmática e moral. «Não pode haver pastoral que esteja em desarmonia com as verdades da Igreja e com a sua moral, e em contraste com as suas leis, e que não seja orientada a alcançar o ideal da vida cristã», observou o cardeal Velasio De Paolis no seu discurso inaugural ao Tribunal Eclesiástico Umbro de 27 de Março de 2014. A ideia de separar o Magistério de uma prática pastoral passível de evoluir de acordo com as circunstâncias, as modas e as paixões, segundo o cardeal Sarah, «é uma forma de heresia, uma perigosa patologia esquizofrénica» («La Stampa», 24 de Fevereiro de 2015).

Nas semanas que antecederam a exortação pós-sinodal, multiplicaram-se as intervenções públicas e privadas de cardeais e bispos junto do Papa, a fim de evitar a promulgação de um documento cheio de erros, detectados pelas numerosas alterações que a Congregação para a Doutrina da Fé fez ao projecto. Francisco não retrocedeu, mas parece ter confiado a última reescritura da exortação, ou pelo menos de algumas das suas passagens-chave, a teólogos da sua confiança, que tentaram reinterpretar São Tomás à luz da dialéctica hegeliana. O resultado foi um texto que não é ambíguo, mas claro na sua indeterminação. A teologia da práxis exclui qualquer declaração doutrinária, deixando à história desenhar a linha de conduta dos actos humanos. Portanto, como afirma Francisco, «é compreensível» que, sobre a questão crucial dos divorciados recasados,»(…) se não devia esperar do sínodo ou desta exortação uma nova normativa geral de tipo canónico, aplicável a todos os casos» (§300). Se se está convencido de que os cristãos, no seu comportamento, não devem conformar-se com os princípios absolutos, mas porem-se a escutar os «sinais dos tempos», seria contraditório formular regras de qualquer género.

Todos esperavam resposta a uma pergunta de fundo: Podem receber o sacramento da Eucaristia aqueles que, depois de um primeiro casamento, se recasam civilmente? A esta pergunta a Igreja sempre respondeu categoricamente que não. Os divorciados recasados não podem receber a comunhão porque a sua condição de vida contradiz objectivamente a verdade natural e cristã sobre o casamento, significada e realizada na Eucaristia (Familiaris Consortio, §84).

A resposta da exortação pós-sinodal  é o contrário: em linha geral não, mas «em certos casos» sim (§305, nota 351). Os divorciados recasados devem realmente ser «integrados» e não excluídos (§299). A sua integração «a sua participação pode exprimir-se em diferentes serviços eclesiais, sendo necessário, por isso, discernir quais das diferentes formas de exclusão actualmente praticadas em âmbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional possam ser superadas» (§299), sem excluir a disciplina sacramental (§336).

O facto é o seguinte: a proibição de os divorciados recasados se aproximarem da comunhão já não é absoluta. O Papa não autoriza, como regra geral, a comunhão aos divorciados, mas tampouco a proíbe. «Aqui – havia sublinhado o cardeal Caffara contra Kasper – se toca na doutrina. Inevitavelmente. Pode-se arguir que não se toca, mas toca-se. Não só. Introduz-se um costume que a longo prazo incute a seguinte ideia nas pessoas, até nas não cristãs: não existe nenhum casamento absolutamente indissolúvel. E isto é certamente contra a vontade do Senhor. Não há dúvida sobre isso» (Entrevista a «Il Foglio», 15 de Março de 2014).

Para a teologia da práxis, as regras não contam, mas sim os casos concretos. E aquilo que não é possível em abstrato, é possível na prática. Mas, como bem observou o cardeal Burke: «Se a Igreja permitisse a recepção dos sacramentos (ainda que num só caso) a uma pessoa que está em união irregular, significaria ou que o casamento não é indissolúvel e, portanto, que a pessoa não está vivendo em estado de adultério, ou que a sagrada comunhão não é a comunhão no Corpo e no Sangue de Cristo, o que, pelo contrário, requer uma recta disposição da pessoa, ou seja, o arrependimento do pecado grave e a firme resolução de nunca mais pecar» (Entrevista a Alessandro Gnocchi no «Il Foglio», 14 de Outubro de 2014).

Além disso, a excepção é destinada a tornar-se uma regra, porque em Amoris laetitia o critério do acesso à comunhão é deixado ao «discernimento pessoal» do indivíduo. O discernimento é feito através do «diálogo com o sacerdote, no foro interno» (§300), «caso a caso». Mas quais serão os pastores de almas que ousarão vetar o acesso à Eucaristia, se «o próprio Evangelho exige que não julguemos nem condenemos» (§308), que é necessário «integrar todos» (§297) e «valorizar os elementos construtivos nas situações que ainda não correspondem ou já não correspondem à sua doutrina sobre o matrimónio» (§292)? Os pastores que quisessem recordar os mandamentos da Igreja correriam o risco de agir, segundo a exortação, «como controladores da graça e não como facilitadores» (§310). «Por isso, um pastor não pode sentir-se satisfeito apenas aplicando leis morais àqueles que vivem em situações ‘irregulares’, como se fossem pedras que se atiram contra a vida das pessoas. É o caso dos corações fechados, que muitas vezes se escondem até por detrás dos ensinamentos da Igreja ‘para se sentar na cátedra de Moisés e julgar, às vezes com superioridade e superficialidade, os casos difíceis e as famílias feridas’» (§305).

Esta inédita linguagem, ainda mais dura que a dureza de coração que ela recrimina nos «controladores da graça», é o traço distintivo da Amoris laetitia, a qual, não por acaso, na conferência de imprensa de 8 de Abril, o cardeal Schönborn definiu como «um evento linguístico». «A minha maior alegria em relação a este documento», disse o cardeal de Viena, é que ele «constantemente supera a artificial, externa, clara divisão entre regular e irregular». A linguagem, como sempre, exprime um conteúdo. As situações que a exortação pós-sinodal define como «chamadas irregulares» são o adultério público e a coabitação extraconjugal. Para Amoris laetitia, ambos realizam o ideal do matrimónio cristão, embora «de forma parcial e analógica» (§292). «Por causa dos condicionalismos ou dos factores atenuantes, é possível que uma pessoa, no meio duma situação objectiva de pecado – mas subjectivamente não seja culpável ou não o seja plenamente –, possa viver em graça de Deus, possa amar e possa também crescer na vida de graça e de caridade, recebendo para isso a ajuda da Igreja»(§305), «em certos casos, poderia haver também a ajuda dos sacramentos» (nota 351).

De acordo com a moral católica, as circunstâncias que formam o contexto no qual a acção se desenvolve não podem alterar a qualidade moral dos actos, tornando bom e recto o que é intrinsecamente mau. Mas a doutrina dos absolutos morais e do intrinsece malum é frustrada pela Amoris laetitia, que se alinha à «nova moral» condenada por Pio XII em numerosos documentos e por João Paulo II na Veritatis Splendor. A moral de situação deixa às circunstâncias e, em última análise, à consciência subjectiva do homem, a determinação do que é bom e do que é mau. A união sexual extraconjugal não é considerada intrinsecamente ilícita, mas, enquanto acto de amor, sujeita a uma avaliação de acordo  com as circunstâncias. Mas geralmente não há nenhum mal em si, pois não existe pecado grave ou mortal. A equiparação entre pessoas em estado de graça (situações «regulares») e pessoas em estado permanente de pecado (situações «irregulares») não é apenas linguística: parece sucumbir à teoria luterana do homem simul iustus et pecator, condenada pelo decreto sobre a justificação do Concílio de Trento (Denz-H, nn. 1551-1583).

A exortação pós-sinodal Amoris laetitia é muito pior do que o relatório do cardeal Kasper, contra o qual foram justamente lançadas tantas críticas em livros, artigos, e entrevistas. O cardeal Kasper tinha colocado algumas perguntas, a exortação Amoris laetitia oferece a resposta: abre a porta para os divorciados recasados, canoniza a moral de situação e inicia um processo de normalização de todas as coabitações more uxurio [NdT: incluindo a dimensão de intimidade conjugal].

Considerando que o novo documento pertence ao Magistério ordinário não infalível, deve-se desejar que seja objecto de análise crítica aprofundada por parte de teólogos e pastores da Igreja, sem se iludirem com a ideia de que a ele se pode aplicar a «hermenêutica da continuidade».

Se o texto já é catastrófico, mais catastrófico ainda é o facto de que ele foi assinado pelo Vigário de Cristo. Mas para aqueles que amam a Cristo e à sua Igreja, esta é uma boa razão para falar, não para calar. Assim, fazemos nossas as palavras de um bispo corajoso, Dom Athanasius Schneider: «‘Non possumus!’. Não aceitarei um ensinamento ofuscado nem uma abertura habilmente disfarçada da porta dos fundos para que por ela passe uma profanação dos Sacramentos do Matrimónio e da Eucaristia. Da mesma forma, não aceitarei uma burla do Sexto Mandamento de Deus. Prefiro ser ridicularizado e perseguido a ter que aceitar textos ambíguos e métodos insinceros. Prefiro a cristalina ‘imagem de Cristo, a Verdade, à imagem da raposa ornamentada com pedras preciosas’ (Santo Irineu), porque ‘Sei em quem pus a minha confiança’, ‘Scio credidi cui’ (II Tm 1, 12)» («Rorate Coeli», 2 de Novembro de 2015).


[Tradução de Hélio Dias Viana]






Ex-alunos do Colégio Militar são sempre gente

com outra postura perante o dever e a sociedade


Luís Campos e Cunha, Público, 13 de Novembro de 2009

A ideia de que a natureza tem horror ao vácuo fazia parte da física na Idade Média. Mas esta lei do horror tem corolários na vida actual: os políticos incompetentes têm horror a novas caras nos partidos; os escroques têm horror a uma justiça que funcione; e, do mesmo modo, os bons investidores têm horror a uma justiça que não funciona. E podíamos continuar, mas vem tudo isto a propósito das notícias recentes sobre o Colégio Militar.

Devo declarar que não frequentei o colégio, embora com pena minha, porque o meu pai entendeu que eu poderia ser seduzido pela vida militar e para tal bastava ele. O meu irmão esteve no colégio, por circunstâncias familiares extremas, não se deu bem, e saiu ao fim de dois anos, se bem me lembro. Não tenho, portanto, especiais ligações ao Colégio Militar (CM) mas tenho muitos amigos (e dos bons) que por lá passaram.

As recentes notícias dão uma ideia do colégio como uma escola de sevícias e de maus tratos. Problemas de maus tratos em escolas sempre existiram e devem ser combatidos com determinação pelas autoridades da escola em causa, mas não faz da escola uma instituição a fechar. Lembro-me bem de, há uns anos na minha faculdade, terem ocorrido praxes indignas das nossas caloiras e imediatamente o director de então tomou medidas para que tal não voltasse a acontecer. E não aconteceu. O CM não é excepção, mas o que está em causa é uma tentativa de fazer desaparecer uma das instituições mais antigas de ensino na Europa com uma longa tradição de serviço ao País.

Recordo, com alguma tristeza, que uma das «regalias» de um militar morto em combate em África era os filhos terem educação gratuita no CM. Por esse facto e por as pensões de sobrevivência serem, à época, absolutamente miseráveis (recordo-me de casos concretos), havia sempre vários órfãos no Colégio. Fazia parte das obrigações dos graduados (ou seja, alunos finalistas do CM) terem não só uns ratas (alunos caloiros) como seus protegidos mas também cuidarem dos dramas de algum aluno cujo pai tivesse morrido. Quem conhece ex-alunos do Colégio sabe que têm uma organização e uma coesão ímpar em qualquer outra escola. Falam do colégio com saudade e têm um respeito pela instituição como ninguém tem da sua escola. Nela se fizeram amizades que perduram para toda a vida e alguns dos meus melhores amigos são ex-alunos do CM e devo confessar que são sempre gente com outra postura perante o dever e a sociedade.

O Colégio Militar dá educação em sentido pleno do termo. Tem um ensino de excelente qualidade e dá quadros de valores que nenhuma outra escola garante.

Em 1975, numa acção de dinamização organizada para os alunos do colégio por gente afecta ao PCP – Varela Gomes, Faria Paulino e outros – começaram a atacar a instituição e a apelidarem os alunos de príncipes privilegiados.

Um aluno dos mais novos, ou seja com uns 11 anos, levanta-se e calmamente diz que é filho de um oficial que morreu em combate, que se não fosse o colégio não poderia estudar e não percebia onde estava o príncipe. Os protestos generalizaram-se (teve lugar uma gigantesca boiada, usando a terminologia do CM) e a comissão de dinamização foi forçada a sair pela porta dos fâmulos – porta de serviço – e não pela porta principal. Foi o enxovalho total, apesar de os oficiais tentarem, em vão, acalmar os alunos. É gente de fibra.

Aliás sempre foi assim. Faz parte da sua história mais antiga que quando teve lugar o atentado a Sidónio Pais gerou-se, naturalmente, o pânico entre a população e as unidades militares ajudaram à turbamulta. A única unidade que manteve a calma, ajudou a população e evitou mais mortos foi exactamente uma unidade do Colégio. Portanto, a tradição vem de longe.

O ensino tem uma qualidade excepcional e que não é possível sem um internato, onde os laboratórios de línguas e as salas de estudo estão ao lado do picadeiro e da sala de esgrima. Qualquer pai, cá fora, que tente dar a mesma formação passaria o tempo a servir de motorista do filho. É, aliás, uma tradição muito antiga dos melhores colégios ingleses.

Como professor na universidade, sempre que tenho conhecimento de que um aluno meu veio do CM, posso testemunhar o aprumo, o à vontade, a auto-confiança e o profissionalismo com que está numa aula. Tudo isto, em flagrante contraste com os colegas, especialmente os mais betinhos.

Além disso, como os alunos são tratados por igual, têm um número (que vem antes do nome), andam vestidos com farda e os filhos de pais ricos não se distinguem dos filhos de pais pobres. Também por isso, o convívio democrático hierarquizado é a regra. Ainda bem.

O contraste é gritante com o que se passa nas nossas escolas. E a anarquia, quase geral em que vive o ensino secundário, tem horror ao Colégio Militar, obviamente. Aliás, a verdade é mais funda: a anarquia quase geral da nossa sociedade tem horror à Instituição Militar. Uma instituição organizada, como a militar, que cultiva os valores da honra, da camaradagem, da disciplina e do dever para com a Pátria, não pode ser bem vista pela sociedade actual. A nossa vida colectiva – a civil – privilegia o oportunismo, habituou-se aos casos de corrupção (com ou sem fundamento), tem uma imprensa virada para o escândalo e uma televisão com novelas que são difusoras da falta de valores e da ausência dos bons costumes.

O Colégio Militar poderá acabar mas as razões estão na nossa sociedade e não dentro dos muros do colégio. O horror à decência é dos indecentes.





domingo, 10 de abril de 2016


Começaram as naturais reacções dos católicos

à exortação anti-apostólica de Bergoglio


As naturais reacções dos católicos à exortação anti-apostólica de Bergoglio não se fizeram esperar.

Eis uma da Voice of Family, que apresentamos em tradução automática.

Pode encontrar o texto original em: http://voiceofthefamily.com/catholics-cannot-accept-elements-of-apostolic-exhortation-that-threaten-faith-and-family/ (inglês)

ou em http://leblogdejeannesmits.blogspot.pt/2016/04/voice-of-family-premiere-analyse-critique-amoris-laetitia.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed:+blogspot/jeannesmits+(Le+blog+de+Jeanne+Smits) (francês).


OS CATÓLICOS NÃO PODEM ACEITAR
ELEMENTOS DA EXORTAÇÃO APOSTÓLICA
QUE AMEAÇAM A FÉ E A FAMÍLIA

08 de abril de 2016


A promulgação da Exortação Apostólica Amoris Laetitia  pelo Papa Francis marca a conclusão de um processo sinodal que tem sido dominada por tentativas de minar a doutrina católica sobre assuntos relacionados com a vida humana, do matrimônio e da família, em questões, incluindo, mas não limitado a, o indissolubilidade do matrimónio, a contracepção, métodos artificiais de reprodução, homossexualidade, "ideologia de gênero" e os direitos dos pais e crianças. Estas tentativas de distorcer o ensinamento católico enfraqueceram o testemunho da Igreja para as verdades da ordem natural e sobrenatural e têm ameaçado o bem-estar da família, especialmente seus membros mais fracos e mais vulneráveis.

A Exortação Apostólica Amoris Laetitia é um documento muito longo, que discute uma ampla variedade de assuntos relacionados com a família. Há muitas passagens que reflectem fielmente a doutrina católica, mas isso não pode, e não, diminuir a gravidade dessas passagens que comprometem o ensino ea prática da Igreja Católica. Voz da Família pretende apresentar análises completas dos problemas graves no texto ao longo dos próximos dias e semanas.

Voz da família expressa as seguintes preocupações iniciais com a maior reverência para o escritório papal e unicamente por um desejo sincero de ajudar a hierarquia na sua proclamação da doutrina católica sobre a vida, o casamento ea família e para promover o verdadeiro bem da família e seus membros mais vulneráveis.

Consideramos que em levantar as seguintes preocupações que cumprimos nosso dever, como claramente definidos no Código de Direito Canônico, que afirma:

"De acordo com o conhecimento, competência e prestígio que eles possuem, eles [os fiéis] têm o direito e às vezes até mesmo o dever, de manifestar aos sagrados pastores a sua opinião sobre questões que dizem respeito ao bem da Igreja e para fazer manifestaram junto do resto dos fiéis cristãos, sem prejuízo da integridade da fé e dos costumes, a reverência para com os pastores, e atenta a utilidade comum ea dignidade das pessoas." ( Canon 212 §3 )

Admissão da "divorciados novamente casados" a Sagrada Comunhão

Amoris Laetitia , ao longo do capítulo VIII (parágrafos 291-312), propõe uma série de abordagens que preparam o caminho para os católicos "divorciados novamente casados" para receber a Sagrada Comunhão, sem verdadeiro arrependimento e mudança de vida. Estes números incluem:

(I) confundiu exposições da doutrina católica sobre a natureza e os efeitos do pecado mortal, sobre a imputabilidade do pecado e sobre a natureza da consciência

(Ii) o uso da linguagem ideológica no lugar da terminologia tradicional da Igreja

(Iii) o uso de citações seletivas e enganosas de documentos da Igreja anteriores.

Um exemplo particularmente preocupante de misquotation do ensino anterior é encontrado no parágrafo 298 que cita a declaração do Papa João Paulo II, feito em Familiaris Consortio, que existem situações "em que, por motivos graves, tais como a educação dos filhos, um homem e uma mulher não podem satisfazer a obrigação de separar. "no entanto, em Amoris Laetitia  a segunda metade da frase do Papa João Paulo II, que afirma que esses casais" assumem a obrigação de viver em plena continência, isto é, de abster-se dos actos próprios dos casados casais "( Familiaris Consortio , n ° 84), é omitido.

Além disso, na nota de rodapé a esta citação enganosa, lemos:

"Em tais situações, muitas pessoas, conhecer e aceitar a possibilidade de viver" como irmãos e irmãs ", que a Igreja lhes oferece, apontam que, se certas expressões de intimidade estão faltando", acontece frequentemente que a fidelidade está em perigo e para o bem de as crianças sofre "(Concílio Ecumênico Vaticano II, Constituição pastoral sobre a Igreja no mundo contemporâneo Gaudium et Spes , 51)".

O documento faz referência a esta visão errônea mas não explica por que é uma abordagem falsa, que é saber que:

(I) Todos os atos sexuais fora do matrimônio válido é intrinsecamente mau e nunca é justificável para cometer um ato intrinsecamente mau, mesmo a fim de alcançar um bom final

(Ii) "A fidelidade está em perigo" por atos de intimidade sexual fora do casamento mas a fidelidade é vivida quando dois indivíduos em um refrão união inválida de intimidade sexual na fidelidade à sua união original, que continua válida

(Iii) A citação implica que as crianças vão sofrer porque seus pais, com a ajuda da graça divina, viver a castidade. Pelo contrário, esses pais estão dando aos seus filhos um exemplo de fidelidade, da castidade e da confiança no poder da graça de Deus.

O documento cita  Gaudium et Spes , mas a passagem é citada fora de contexto e não suporta o argumento apresentado. O contexto deixa claro que Gaudium et Spes está falando de católicos casados, no contexto da procriação, e não aqueles que coabita em uma união inválido. A frase completa é a seguinte:

"Mas onde a intimidade da vida de casado é interrompida, a sua fidelidade às vezes pode ser colocada em perigo e sua qualidade de fecundidade arruinado, pois então a educação dos filhos e a coragem de aceitar os novos estão ambos em perigo de extinção" ( Gaudium et Spes , n ° 51).

Por isso, é difícil evitar a conclusão de que a Exortação Apostólica é, pelo menos, levantando a possibilidade de que os atos sexuais adúlteras pode em alguns casos ser justificável e tem mal interpretado Gaudium et Spes  como se a fornecer razões para isso.

Outras abordagens que minam a doutrina católica sobre a recepção dos sacramentos será discutido pelo Voice of the Family, em devido tempo.

direitos parentais e educação sexual

Amoris Laetitia inclui uma seção intitulada "A Necessidade de Educação Sexual" (parágrafos 280-286). Esta seção abrange mais de cinco páginas sem fazer sequer uma referência para os pais. Por outro lado, há referência a "instituições educacionais". No entanto, a educação sexual é "um direito e dever fundamental dos pais", que "deve ser sempre realizada sob a sua solícita guia, quer em casa quer nos centros educativos escolhidos e controlados por eles" (Papa João Paulo II, Familiaris Consortio , n ° 37 ). A omissão deste ensinamento faltar gravemente os pais num momento em que os direitos dos pais sobre educação sexual estão sob ataque grave e persistente em muitas nações do mundo, e as instituições internacionais. Nesta seção Amoris Laetitia  não cita qualquer um dos documentos da Igreja anteriores que afirmam claramente esse direito; que faz no entanto citar um psicanalista, Erich Fromm, associado com a escola de Frankfurt. Referências anteriores do documento para os direitos dos pais (parágrafo 84), embora bem-vinda, não pode compensar a exclusão dos pais a partir desta secção.

uniões homossexuais

Amoris Laetitia , seguindo uma abordagem semelhante à que anteriormente adotado em documentos sinodais, implica que "uniões do mesmo sexo" pode oferecer uma "certa estabilidade" e pode ter um tipo de semelhança ou relação ao casamento. Ele afirma que:

"Precisamos reconhecer a grande variedade de situações familiares que podem oferecer uma certa estabilidade, mas uniões de fato ou do mesmo sexo, por exemplo, não pode ser simplesmente equiparada com o casamento." (§ 53)

Há uma grande pressão nas instituições internacionais para a rejeição do entendimento tradicional da família através da adoção de uma linguagem que se refere a "variedade" ou "diversidade" nas formas de família. A implicação de que "uniões do mesmo sexo" forma parte da "grande variedade de situações familiares" é precisamente o pró-família grupos estão lutando arduamente para se opor. Ao usar esse tipo de linguagem a Exortação Apostólica prejudica o trabalho do movimento pró-família para proteger a verdadeira definição de família e, consequentemente, para proteger as crianças que dependem da estrutura da família querida por Deus para o seu bem-estar e desenvolvimento saudável.

Deve notar-se que, no n.º 251 do Magistério da Igreja, que "não há absolutamente nenhuma razão para as uniões homossexuais e estar em qualquer forma semelhante ou mesmo remotamente análogo ao plano de Deus para o casamento e a família" é reajustado.

"Ideologia de gênero"

Amoris Laetitia subscreve um aspecto central da "ideologia de gênero", afirmando que "precisa ser enfatizado" que o sexo biológico e "género" sócio-cultural pode ser "distintos, mas não separados" (parágrafo 56). Esta aceitação do princípio subjacente da teoria de gênero prejudica a crítica de outra forma de boas-vindas do documento da ideologia e seus efeitos. A falsa noção de que o sexo biológico é distinguível do chamado "sexo" foi proposta pela primeira vez em 1950 e é a base da "ideologia de gênero". Oposição às consequências da "ideologia de gênero" será impossível se o seu primeiro princípio erróneo é aceito.

Atentados à vida humana inocente

Amoris Laetitia não consegue lidar com a escala da ameaça para as crianças não nascidas, idosos e pessoas com deficiência. Estimativas conservadoras indicam que mais de um bilhão de vidas por nascer foram destruídas pelo aborto ao longo do século passado. No entanto, em um documento abordando desafios para a família, que é 263 páginas, há apenas um pequeno número de referências passageiras ao aborto. Não há menção da destruição causada por métodos artificiais de reprodução, que também resultaram na perda de milhões de vidas humanas. A ausência de uma discussão séria dos atentados à vida por nascer, neste contexto, é uma grave omissão.

Há também é mínima referência à eutanásia e ao suicídio assistido, apesar da pressão crescente para sua legalização em todo o mundo. A falta de discutir adequadamente esta ameaça é igualmente uma outra omissão muito lamentável.

contracepção

Amoris Laetitia deixa de reafirmar adequadamente o ensinamento católico sobre o uso de contracepção. Esta é uma omissão preocupante dado que (i) a separação das extremidades procriação e de união do ato sexual é um importante catalisador para a cultura da morte e que (ii) não há desobediência generalizada e ignorância do ensinamento da Igreja nesta área com precisão por causa da falha da hierarquia para comunicar esta verdade. A discussão do documento de consciência é igualmente falho tanto no parágrafo 222, que trata de "paternidade responsável", e no Capítulo VIII que trata da admissão aos sacramentos daqueles em adultério público. Parágrafo 303 é particularmente preocupante, especialmente na seguinte afirmação:"

No entanto, a consciência pode fazer mais do que reconhecer que uma dada situação não corresponde objetivamente às exigências gerais do Evangelho. Ele também pode reconhecer com sinceridade e honestidade o que por enquanto é a resposta mais generosa que pode ser dado a Deus, e vem para ver com uma certa segurança moral que é o que o próprio Deus está pedindo, em meio a complexidade concreta dos próprios limites, embora ainda não totalmente o objectivo ideal. De qualquer forma, vamos relembrar que este discernimento é dinâmico; ele deve permanecer sempre aberto para novas fases de crescimento e de novas decisões que podem permitir o ideal a ser mais plenamente realizados.

"Esta declaração parece adotar uma falsa compreensão da «lei da gradualidade" e sugerem que há certas ocasiões em que o pecado não é apenas inevitável, mas ainda quis ativamente por Deus para essa pessoa. Isto seria claramente inaceitável.

conclusões

Esta é apenas uma breve introdução para os muito numerosos problemas para encontrados dentro Amoris Laetitia. Vai demorar um estudo mais aprofundado para tirar plenamente todas as implicações do texto, mas ele já está bem claro que o documento não consegue dar uma exposição clara e fiel doutrina católica e leva inevitavelmente a conclusões que podem resultar em violações do ensino imutável da Igreja Católica, e as disciplinas que estão intimamente fundada sobre ela.Nossa visão inicial fornece causa suficiente para considerar este documento como uma ameaça à integridade da fé católica eo verdadeiro bem da família.

Reiteramos mais uma vez que nós fazemos estas críticas com grande reverência para o escritório do papado, mas com a consciência de nossos deveres como leigos católicos para o bem da Igreja, e os nossos deveres como ativistas / pró-família pró-vida a trabalhar para proteger a família e seus membros mais vulneráveis.

Voz da Família é uma coalizão internacional de 26 organizações / pró-família pró-vida e estava presente em Roma ao longo de ambos os Extraordinária (2014) e Ordinária Sínodos da Família (2015). Voz da Família publicou análises aprofundadas dos documentos oficiais Sínodos '.