sábado, 9 de setembro de 2017

O caso Seifert: Quem se separa da Igreja?



El pasado 31 de agosto, monseñor Javier Martínez Fernández, arzobispo de Granada, tras suspender de sus labores docentes al filósofo austriaco Josef Seifert, lo ha expulsado de la Academia Internacional de Filosofía, entre cuyos fundadores se encuentra, pero que actualmente depende de la archidiócesis.

Hay que tener presente que el profesor Josef Seifert está considerado uno de los mayores filósofos católicos contemporáneos. Su curriculum y su bibliografia ocupan numerosas páginas. Pero ante todo es de destacar su fidelidad al Magisterio pontificio, que le ha valido ser elegido miembro de la Pontificia Academia para la Vida. Cualquier universidad católica consideraría un honor tenerlo en su cuerpo docente. ¿Cual es el motivo de la drástica medida tomada con él? Según un comunicado del la archidiócesis, el motivo de su expulsión es un artículo en el que el profesor Seifert hacía una súplica a propósito de la exhortación postsinodal Amoris laetitia del papa Francisco. En el artículo de marras, Seifert ha solicitado al papa Francisco que se desdiga de una afirmación de Amoris laetitia a partir de la cual, en pura lógica, puede derivar la disolución de toda la enseñanza moral católica.

Seifert cita la afirmación de Amoris laetitia según la cual la conciencia de los matrimonios adúlteros o, dicho de otro modo, irregulares, «puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo» (AL, n.º 303).

O sea, comenta Seifert, que además de definir el estado objetivo de pecado grave como «todavía no plenamente el ideal objetivo», Amoris laetitia afirma que podemos saber con «una cierta seguridad moral» que Dios mismo nos pide que cometamos actos intrínsecamente malos, como el adulterio o la homosexualidad activa. El filósofo austriaco plantea ante este punto lo siguiente:

«Yo pregunto si puede la pura lógica fallar cuando nos preguntamos bajo estas premisas: si solo un caso de un acto intrínsecamente inmoral puede ser permitido e incluso querido por Dios, ¿no debe esto aplicarse a todos los actos considerados intrínsecamente malos? Si es cierto que Dios puede querer que una pareja de adúlteros viva en adulterio, ¿no debería entonces también el mandamiento ‘¡No cometerás adulterio!’ ser reformulado (…) ¿No deben eliminarse también los otros nueve mandamientos, la Humanae Vitae, Evangelium Vitae y todos los documentos, dogmas y concilios pasados, presentes y futuros de la Iglesia que enseñan la existencia de actos intrínsecamente malos? (…) ¿No deben entonces, desde la pura lógica, considerarse buenas y dignas de alabanza la eutanasia, el suicidio asistido o el suicidio mismo, la mentira, el robo, el perjurio, negar a Cristo o traicionarlo como San Pedro, o el asesinato, en determinadas circunstancias y después de un debido discernimiento a causa de la complejidad de cada situación concreta?». A continuación dirige la súplica al papa Francisco: «Rogaría a nuestro supremo Padre espiritual en la Tierra, el ‘dulce Cristo en la Tierra’, como llamó Santa Catalina de Siena a un pontífice, bajo cuyo reinado vivió aunque lo criticara duramente (…) que retire dicha afirmación. Si sus consecuencias lógicas conducen inevitablemente a nada menos que a la total destrucción de las enseñanzas morales de la Iglesia Católica, ¿no debería el ‘dulce Cristo en la Tierra’ retirar dicha afirmación? Si dicha tesis lleva como consecuencia lógica convincente al rechazo del hecho de que haya actos que deben ser considerados intrínseca y moralmente malos bajo cualquier circunstancia y en cualquier situación, y si esta aseveración llegara a desvirtuarse, siguiendo la Familiaris Consortio y la Veritatis Splendor, así como la Humanae Vitae y muchas otras enseñanzas solemnes de la Iglesia, ¿no debería ser revocada? (…) ¿Y no deberían todos los cardenales, obispos, sacerdotes, monjes y vírgenes consagradas, y cualquier laico en la Iglesia, interesarse vivamente por este problema y unirse a esta súplica apasionada de un humilde laico, un simple profesor de filosofía y, entre otras materias, de lógica?». No ha habido la menor respuesta a la cuestión presentada por el profesor Seifert. El comunicado de la archidiócesis de Granada se limita a afirmar que la postura del filósofo «daña la comunión de la Iglesia, confunde la fe de los fieles y siembra desconfianza en el sucesor de Pedro, lo que al final no sirve a la verdad de la fe, sino a los intereses del mundo». La diócesis granadina añade que «adoptó como suyos, desde el primer momento, la aplicación del texto pontificio preparada por los obispos de la Región de Buenos Aires», es decir, de seguir las pautas de los obispos argentinos que en su documento, aprobado por el papa Francisco, consienten a los adúlteros el acesso a la comunión.

La actitud del arzobispo de Granada se resume en la prohibición de hacer preguntas que, según el filósofo Eric Voegelin, caracteriza a los regímenes totalitarios. En base al mismo criterio se expulsa de la Pontificia Academia para la Vida a los católicos fieles a la ortodoxia de la Iglesia empezando por el propio Seifert, los maestros más ortodoxos son expulsados de los colegios y universidades católicos y los sacerdotes fieles a la Tracición son transferidos a otras parroquias y en algunos casos suspendidos a divinis.

¿Qué les pasará a los cardenales si llegan a hacer su corrección fraterna? Esta lógica represiva abre las puertas al cisma en la Iglesia. El único argumento que pueden utilizar los fanáticos de Amoris laetitia contra los críticos de dicho documento es el endeblísimo de la «ruptura de la comunión». Pero quienes plantean objeciones a la exhortación pontificia, invocan la doctrina inmutable de la Iglesia y no tienen la menor intención de abandonar. Si por su fidelidad al Magistero son sancionados oficialmente, quien los sanciona realiza un acto de autoseparación de dicho Magisterio. Los artículos del profesor Josef Seifert están motivados por el amor a la Iglesia y sobre todo a la Verdad. El prelado que lo  castiga se aparta de la ley natural y divina que prohíbe sin excepciones ni concesiones el adulterio, el homicidio y otros pecados graves. Al acusarlo de romper la unidad con el Papa, el prelato demuestra que existe un magisterio del papa Francisco incompatible con el Magisterio de la Iglesia de siempre. Monseñor Martínez Fernández ha castigado al profesor Seifert porque éste pedía al Papa, con tono humilde y respetuoso, que se desdijera de una afirmación que conduce al adulterio y a la dissolución de la moral.

Por consiguiente, en la diócesis de Granada, como en la de Malta, las de Argentina y tantas otras de la Cristiandad, para estar en comunión con el papa Francisco es preciso admitir, al menos en ciertas ocasiones, la licitud del adulterio y de otras transgresiones a la ley moral. El papa Francisco es el sucesor de San Pedro, pero Nuestro Señor no dice: quien me ame debe seguir ciegamente al sucesor de San Pedro, sino: «si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn. 14, 15-21). Si el Pastor Supremo se apartase de los mandamientos de Dios e invitara a la grey a seguirlo, los fieles deberían apartarse de él, porque «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch. 5, 29). Si estar en comunión con el papa Francisco significa estar obligado a abrazar el error, quien quiera permanecer en la verdad de Cristo está obligado a apartarse del papa Francisco. Esto es lo que afirma públicamente monseñor Martínez Fernández, arzobispo de Granada.